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BAGUIO

Chess Personalities
Historias de ajedrez

Hace unos años le perdí la pista a uno de mis tesoros más valiosos. Un libro de ajedrez. Resulta que mi padre era muy amigo de Rentero, el gran alma mater del Torneo de Linares (y del resurgir del ajedrez en España). Uno de los años invitó a mi padre a ir a Linares a entregar uno de los premios y a jugar una simultánea con Korchnoi. Mi padre, que sabía de mi gran amor por el genial Viktor, compró el libro de Torán sobre la final de Baguio contra Karpov, donde remontó de un 5-2 a un 5-5 después de 30 partidas, y perdió la última cuando los rusos, que no podían permitir que un ex-soviético derrotara a su campeón, volvieron a usar al "parapsicólogo". Yo, que soy del Atleti, sé muy bien lo que significa perder así.

Así que tenía un libro de cine y ciencia ficción que mi padre me regaló con la firma del mejor jugador senior de la historia, al que tuvo el placer de entregarle un premio, no recuerdo cuál. Yo creo que el autor, genial ajedrecista español, también era más de Korchnoi y tampoco le pareció bien que los rusos hicieran lo que hicieron, pero las presiones son las presiones y hay que parecer imparcial.

Muchos años después, por motivos de trabajo, tenía que hacer noche en Sevilla, en un Hotel de Dos Hermanas. El día antes de viajar, descubrí que se estaba celebrando el Torneo Internacional en ese mismo hotel, y que uno de los jugadores era Anatoli Karpov, así que me llevé mi libro por si había suerte.

El día fue muy duro, muchas reuniones, así que llegué al hotel pasadas las 9 y media de la noche. Subí corriendo a la habitación para no quedarme sin cenar, dejé las cosas y apreté el botón del ascensor para bajar. La puerta se abrió y apareció una joven rubia preciosa y, a su lado, el diez años campeón del mundo. Debió darse cuenta de que me había quedado paralizado, porque sonrió e hizo un gesto con la mano para que entrara. Al final íbamos los 3 al restaurante, así que en una esquina se sentaron ellos y en la otra yo, los 3 únicos comensales. No tuve mayor problema en ir por el libro y pedirle que lo firmara.

Oh! Sonrió sorprendido cuando vio que ya tenía la firma de Korchnoi. Me lo devolvió como un tesoro, que es lo que era hasta que le perdí la pista hace unos años.

Es lo que tiene llegar a los 60: cada vez es más pequeña la mochila que llevas por el mundo.